Volvamos al balcón donde se crearon todo ese monton de aviones que parecían invadir la calle con sus alas de celulosa y su punta amenazante pero realmente inofensiva.
En el mismo bloque, dos ventanas más hacia la plaza y tres pisos menos, también en el balcón, una niña se entretiene haciendo pompas de jabón con una pajita para beber y un vaso lleno de esa poción mágica que toda persona conoce pasada la infancia.
Miles y miles de pompas de jabón, van cayendo lentamente. Algunas explotan al poco de ser creadas, otras aguantan hasta muy abajo. Incluso algunas mueren al chocar contra algun capot o el mismo suelo.
El juego viene a estar regido por unas normas infantiles muy sencillas:
Si la burbuja desaparece rápido, la niña hace otra rapidamente.
Si la burbuja desaparece a una altura normal, la niña se conforma pero hace una más elaborada.
Si la burbuja llega al suelo en cambio, la niña cambia de pajita por otro instrumento y sigue asi su cultivado trabajo.
Llegando al fondo de la cuestión.
Un avión del travieso creador del ejercito aéreo, se cruza ya llegando al suelo, con una de las más trabajadas burbujas de la niña vecina, haciendola rebentar de golpe, en toda su fragilidad al máximo exponente. Esta, empapa al papel, que físicamente le hace cambiar un poco de dirección, por lo tanto de destino. En vez de caer al duro suelo, cae encima de un señor.
Es fácil imaginarse la cara de la niña al rebentar la burbuja con uno de los aviones del chico. Fácil también ponerse en su papel al ver como cae el avión sobre el señor. Y lo más evidente, el siguiente dedo índice de la pequeña, señalando tres pisos más arriba, para revelarle al cabreadísimo caballero, el causante de todo ese cisco.
A todo esto le llamaremos entonces ''venganza del débil''.
Menos mal que los niños no juegan a tirar yunques, o a construir coctails molotov. Podría crearse cualquier tarde de primavera en tu misma ciudad la tercera guerra mundial.