
Odio tener que odiarme. Y adoro no adorar nada. Me odio. ¿EH? pues eso...
Decadéncia de lo absurdo, bómitos, náuseas y mareos a gran escala. No puedo sentir nada cuando estoy así. No sé nada. No sé nada.
-Ponga en vuestros puños guantes de boxeo, señorita Lídia, y dé golpes brucos a un saco inérte.-me dijo una voz.
-No. Yo no quiero matar a la muerte a puñetazos.
-¿Y qué deseas entonces?-titubea.- ¿Matar a la vida?
-Deseo no tener que hacerla sufrir.
-¿A la vida?
-Sí. A mi vida.
-Entonces siéntate, y escucha.
Y puso un vinilo sobre el tocadiscos, creo que con algo de Chopin, algo oscuro.
-Eso me parece que suena a sufrimiento...-comenté.
-Eso es sufrimiento, no tu vida.
-¡Bién!, ¡comparaciones! Entonces déjame los guantes, y el saco inérte, y ya lo arreglaré a mi manera...
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