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cristales rotos: capítulo I

Una temprana mañana de abril, cuando el frío ya no es frío sino restos del de ayer, Clara salió descalza al patio de la casa de su tía Ángela donde pasó a vivir después del letal accidente que sufrieron sus padres años atras. Era una chica joven, embriagada de soledad; una soledad donde ella se encerró pasada la pérdida. Y nadie, ni siquiera su tia podía entrar, pese a la extrema confianza que les unía. Sus mechones de pelo, largos y ondulados, brillaban al movimiento que el viento les daba. Su tez firme, pálida e inalterable, sujetaba unos redondos ojos negros, y una nariz algo puntiaguda que sostenía una leve sonrisa bajo su cauce, una sonrisa apagada, de color morado. El camison de un color blanco vírgen, dejaba entrever su silueta, larga y delgada, sin más apoyo que el de dos infinitas piernas, como látigos de marfíl. Su madre solía contarle, que al nacer todo el mundo se asombró de su pálido color y firme piel, y de sus enormes ojos negros, que hasta la comadrona se echó a llorar al verlos. Se clavaban en cualquier corazón de tan felices que se mostraban. Pero ya no eran felices. Ahora eran dos piedras negras, desgastadas por las oleadas de tanto que había llorado. Se le notaba nada más mirarla. 
Ese día, un catorce exactamente, ocurrió algo, que cambió la vida de Clara al completo. Hasta su color de piel, pero eso lo contaré más adelante.
Yo trabajaba en el establo de la casa del vecino de doña Ángela. Agustín Candela era el propietario. Tenía siete hijos, dos varones y cinco hembras, todos ellos ya casados a la excepción de Matilde, de nueve añitos nada más, y Julián de veinticuatro, como Clara. Aunque se conocían solo de vista, pues Clara no estudiaba más que en su habitación, leyendo cualquier cosa encuadernada que llegase a sus manos. Suerte de su tía que era de leer. 
Agustín y Ángela se conocían por la mujer de este, que solía ir a tomar el te a casa de Consuelo, hermana Ángela, y de ahí su conexión. Pero tansolo se habían visto un par de veces, y a la mujer de Agustín, Doña Lourdes, no le gustaba mucho conversar. El día anterior a la increíble história, yo estube dentro de la casa con Don Agustín, arreglando una butaca y algun otro desperfecto que llevaba tiempo queriendo reparar. Y ese día las mujeres fueron a tomar el te a casa de los Candela, mirandome mientras trabajaba con caras desde el asombro hasta la pena, desde la avaricia hasta el odio. No sabía si salir corriendo, o empezar a desnudarme ante sus ojos de mujer desesperada. Claro que hubiese sido gracioso, pero no quería perder el trabajo, que bastante me daba para comer un poco de pan y pimientos asados, y algun domingo un trozo de pollo rancio del domingo anterior. Así era mi vida. La mayor aventura la pasaba al llegar la noche, observando a Clara desde la ventana. La veía peinar su larga cabellera sentada ante su tocador de madera de roble pintado de blanco, y con adornos color oro anciano alrededor del espejo, ovalado e intacto, como el dia de su elaboración.
Esa noche más que ninguna, me quedé con la boca abierta y un garabato de pánico en mi cara cuando vi aquello. La chica se peinaba placidamente, aunque con esos mismos ojos tristes cuando de golpe paró, dejando el cepillo sobre el tocador y se quedó unos segundos mirandose al espejo muy seria. Puso su dedo indice pegado al espejo, y, sin haber yo bebido ni fumado puros de Don Agustín, que a veces me invitaba, vi parpadear la imagen varias veces, poniendose totalmente oscura como una cueva, donde creo asegurar se podía entrar. Clara cayó del taburete hacia atrás del mismo susto. Miro por la ventana para ver si alguien la estaba mirando, pues se veía desde los jardines. Yo di un paso atras escondiendome en la sombra, pero tampoco me hubiese visto. Se puso de pié, más blanca de lo normal, y se acercó de nuevo al espejo, rozando con miedo su dedo por encima. Pero nada pasó. Puso para asegurarse completamente su mano, y nada en absoluto hizo volverse un agujero al espejo. Suspiró, se lo vi incluso yo, que estaba mas tieso que un palo, del pánico que me entró, que ni pude dormir esa noche, pensando en los poderes que podía tener esa niña, o en los poderes del espejo mágico. O en... ¡Diós, la de cosas que se me pasaron por la cabeza! Aún así cuando Clara ya se acostó, tapada hasta el cuello seguramente, y se apagaron las luces, decidí acostarme para ver si dormía algo, o el que se iba a morir de miedo iba a ser Agustín, al ver mi cara de madrugada.


(insomnio)
26/10/2006 18:56 Autor: lid. Enlace permanente. Tema: cristales rotos.

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