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cristales rotos: capítulo II

Ángela vivía sola, antes de acoger a Clara en su casa. Para ella fue un ángel salvador, pues había estado casada, con Juan Silvano. Era un médico de un pueblo vecino, el cual al casarse con ella, se vino a vivir al pueblo, y juntos levantaron esa casa, pero no pudieron tener ningun hijo antes de la muerte del doctor. Le dio un infarto mientras traía al mundo a unos gemelos de su pueblo natal, o eso se cuenta. Pues en estas aldeas los rumores tardan poco en salir a la calle. También he oido en alguna de las tertulias en casa de los señores, que Juan no estaba en un parto, sino en un prostíbulo, haciendo la revision de alguna mujercita en sabanas de raso. Pero no son más que rumores baratos. A mi me parecía un hombre respetable y fiel a doña Ángela.
La pobre estubo sola tres años hasta la llegada de Clara. Y su hermana Consuelo la sacaba a pasear dando valor a su nombre de pila. La llevaba a todas partes consigo, pero tambien debía ocuparse de su família. La mujer, esposa de el Señor Teodoro Castillo, alcalde del pueblo y magnifico cazador, sentía una enorme deuda con su hermana mayor, cuya crianza, educación y amistad le debía. Sus padres, murieron tambien siendo niñas, y entonces eran tiempos más dificiles que los de esos tiempos. Pues entre Ángela, y Marcos, el padre de Clara, sacaron a adelante al resto de sus hermanos, nueve en total. Despues del accidente de su hermano, ya solo restaban seis, y ellas dos ocho. Pues los otros dos murieron durante la guerra, siendo aun practicamente niños. 
En el pueblo solo vivían Ángela, Consuelo e Isidro. Este el más joven de todos los varones, era maestro, y tenía una biblioteca en la escuela del pueblo, que el mismo llenó de libros y se encargó de administrar para poder dar una utilidad pública en la aldea, y tambien en los pueblos cercanos. Dejaba sus libros a cambio de nada, con la completa confianza que depositava en todos los aldeanos. Clara admiraba mucho a su tio, pero le daba respeto acercarse a la escuela, y verse amenazada por miradas y rumores por lo bajo. Así que su tía Ángela le traía libros de todos los tipos, menos de romances apasionados, pues detestaba ese ejemplo de fantasías amorosas para su sobrina. Al ser família de Isidro, podía permitirse el lujo sin dar explicaciones de cojer tantos como quisiera y devolverlos sin prisa. Le traía desde las historias más aterradoras, a las más bellas. De drama a acción. Ensayos, épica, poesía y teatro. Ciencia ficción y también los que se salvaron de la hoguera, como pociones mágicas de brujas, encanterios y parapsicología animal. La gran mayoria de autores tan poco cuerdos, que solían reirse juntas en la salita de estar mientras leían. 
Isidro bajaba de vez en cuando a visitar a su hermana y ver la evolución de Clara en matemáticas, ciencia y literatura. Pero de ellas, la tercera era la que más dominaba. Le dejaba cuadernos manuscritos de história, ciéncia, religión, números y letras, y todo lo que iba dando en la escuela. Y de vez en cuando le planteaba preguntas a modo de examen. La chica aborrecía los numeros, y la religión le daba risa. No creía en ninguna fuerza superior que hubiese creado nada en siete dias y mucho menos algo tan preciso como esta tierra. Yo tampoco creo en la creación. Pero no es fácil dejar de creer en todo, algo oscuro hay en todo esto que nos rodea.
Un día de los que Isidro visitó a su sobrina, esta no estaba. Ángela pensó que quizas estaba en la azotea, leyendo algun libro prohibido, o mirando fotografías de sus padres, como solía hacer a solas, sin darse cuenta de que esta la espiaba. Pero allí tampoco estaba. Isidro no tenía prisa, así que se sentó con su hermana para hablar un poco de sus cosas, mientras tomaban una copa de vino añejo y unas galletas que Consuelo les trajo de su viaje por el país. A Ángela todo le iba bien, comentaba. Todo gracias a su sobrina y el apoyo de sus hermanos, incluído él. Añoraba el amor de Juan, y un bebé entre sus brazos de madre, echaba de menos a su hermano Marcos y su cuñada, y sentía mucha pena por Clara y su extraña soledad. Isidro pensaba que su sobrina tenía un don. Un don fuera de lo normal, solía decir. Tampoco tenía esposa, no había encontrado a la adecuada. Era de mi edad, guapo y apuesto segun la gran mayoría de mujeres. Solo que maestro y de vida demasiado descarrilada también se oía comentar. Su hermana le recomendaba constantemente que buscase compañera sentimental, que le vendría bien tener una família y niños los cuales ella estaría encantada de ayudarles a criar. Pero negaba rotundamente con la cabeza y haciendo un sonido de chisqueo con la boca a la vez, le iba bien solo. Si algun día encontraba algo, ya se vería, decía. Resultó salirle los planes mal a Ángela con su hermano. Terminó viviendo en la capital y se cuenta aún que tubo varias relaciones estables, todas con hombres, eso sí. 
Mientras seguian charlando, se escuchó la puerta. Clara entró, con la cara toda seria, y los hombros encogidos. Tiritaba no se sabe si de frío o de miedo, y tenía los ojos ensombrecidos, ausentes. Miraba al suelo y sin decir hola se acercó a su tío, besándole la mejilla. Después a Ángela también. Los dos se quedaron sobrecogidos con la extraña aparicion de la chiquilla. Y antes de poder decir nada, Clara ya estaba subiendo las escaleras hacia su habitación.



Llame tres veces con suaves golpes en su puerta antes de entrar. Mi hermano se quedó abajo, de pie junto a las escaleras, como esperando que le dijese en qué podía ayudar. Le indiqué con la mano que aguardara tranquilo.
Abrí la puerta y la vi, boca abajo en su cama, aún tiritando. La ohí sollozar como si aguantara el llanto, dando golpes en la almohada. Me senté junto a ella, y le puse una mano en la espalda, frotando con cariño, consolándola. Sabía que era dificil para ella contarme sus penas. No lo hacía nunca, desde hacía mucho tiempo. Pero aquella vez era distinto, lo noté en su forma de llorar. Sus temblores no se detenían y me tenían algo asustada. Dije su nombre en voz suave, no decía nada, solo lloraba. Cuando se tranquilizó un poco se puso de lado mirando hacia la ventana. Me contó algo, avergonzada y distante. Cosas distintas, pero juntas una mezcla perfecta para su personalidad. Comprendí que hay cosas en las que yo no podía ayudar, sin más le di un abrazo y me besó la mejilla, sonriente. Hacía tanto que no la veía sonreír, que sin haberla ayudado sentí haber hecho algo por ella en esos momentos. La dejé una vez dormida tapándola con cuidado despues de quitarle los zapatos, y me fuí despacio de su habitación cerrando tras de mi la puerta. 
Abajo estaba Isidro inquieto, caminando de un lado a otro en la salita de estar. Le conté que era un problema menor, cosas de la edad y de mujeres, lo entendió. Aunque creo aún que no se quedó tranquilo. Terminó su vaso de vino sin sentarse, agarró su chaqueta y me besó antes de marchar, dejando en la mesa unos libros para Clara. Esa noche la escuché llorar un par de veces más, pues no pude pegar ojo. Y a la mañana siguiente, bajó tan normal, como si nada de eso hubiese ocurrido. Isidro tenía razon en cuanto la anormalidad de mi sobrina. Pero yo estaba muy tranquila, nadie es perfecto. Ni ella ni nadie. La quería tanto...
27/10/2006 20:08 Autor: lid. Enlace permanente. Tema: cristales rotos.

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